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viernes, 9 de abril de 2010

La diferencia entre el cielo y el infierno

La generosidad no es dar una limosna sino dar aquello que necesita quien lo necesita:

Cierto día, un gran sabio religioso le pidió a Dios que le permitiera ver como era el Cielo y el Infierno para compartir su experiencia con los demás hombres.

El sabio de inmediato se sumergió en sueños y mediante el poder de Dios su alma viajó a los diferentes destinos.

Dios decidió mostrarle primero el infierno. Era una gran mansión, cuya única habitación era un largo e infinito comedor. El comedor era tan amplio como una autopista y al frente de cada comensal estaban servidos los mejores y más variados platillos y manjares existentes. El sabio observó detenidamente sus caras y notó que estaban enfermos, y que tenían hambre ya que sus cubiertos eran tan largos como remos, y por más que intentaran estirar sus brazos no alcanzaban a alimentarse.

El sabio simplemente observó detenidamente y en silencio. Imaginaba que el cielo sería totalmente diferente.

Después de observar unos segundos más, Dios decidió mostrarle al sabio el Cielo. El sabio comenzó a mover sus manos mientras ascendía en ese lento trance.

Cual sería el asombro de ver la misma mansión, y entrar en ella. La única habitación era un gran comedor con las mismas dimensiones y características del infierno. Estaba servida con los mismos platillos ostentosos... Sabía que algo diferente tenía que ocurrir.

Observó que los comensales, a pesar de tener cucharas tan largas como remos se veían saludables, llenos de vigor y felices.. Él sabio se preguntó a sí mismo: ¿Pero cómo están tan felices si ellos por si mismos no pueden aliment..... ?...Ahhhh, es eso. Y observó que cada comensal alimentaba al que estaba en frente.


 Imagen realizada por Rosa de Soto, todos los derechos reservados

lunes, 2 de noviembre de 2009

Las cuatro velas


Cuatro velas se quemaban lentamente. En el ambiente había tal silencio que se podía oír el diálogo que mantenían:

-- La primera dijo: "¡Yo soy la paz! Pero las personas no consiguen mantenerme, creo que me apagaré pronto." Y poco a poco fue disminuyendo su fuego hasta que su llama desapareció totalmente.
-- Dijo la segunda: "¡Yo soy la fe! Lamentablemente a los hombres les parezco superflua. Las personas no quieren saber de mí. Para ellos no tiene sentido que permanezca encendida." Y cuando terminó de hablar, la brisa del pesimismo pasó suavemente sobre ella y la apagó.
-- Rápida y triste la tercera vela se manifestó diciendo: "¡Yo soy el amor! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman." Y sin esperar más, se apagó.
-- De repente... entró un niño y vio las tres velas apagadas. "Pero, ¿qué es esto? -dijo angustiado- Deberían estar encendidas hasta el final." Al decir esto comenzó a llorar.
Entonces, la cuarta vela dijo al niño: -- "No tengas miedo, mientras, yo tenga fuego, podremos encender las demás velas. Yo soy, ¡la esperanza!"
--Con los ojos brillantes, el niño agarró la vela que todavía ardía... y encendió las demás.
¡Que la esperanza nunca se apague dentro de nosotros; y que cada uno de nosotros, sepamos ser la herramienta que el mundo necesita para ayudar a encender la esperanza, la fe, la paz y el amor, en el corazón de todos los que viven a oscuras!

jueves, 18 de junio de 2009

La taza de té



Un profesor daba clases en una prestigiosa universidad. Era respetado y temido por sus alumnos debido a su gran dominio de los más diversos temas…

- Como bien decía Aristóteles, la sustancia está compuesta de potencia y acto. Ahora bien, el movimiento, como tránsito de la potencia al acto, tiene cuatro posibles causas…

- ¡Profesor!...

- ... La causa formal, la causa material…

- ¡Profesor, una pregunta!

- No me interrumpan. Si atendieran bien la explicación, no necesitarían hacer ninguna pregunta. ejem … Como íbamos diciendo, la causa formal, la causa material…

El profesor fue invitado a Japón, a entrevistarse con un sabio que vivía retirado en una modesta casa de campo, dedicado al estudio y la escritura…

- ¡Bienvenido, profesor!... ¡Mi casa es suya y mis conocimientos están a su disposición!

- Gracias… ¿Cómo me dijo que se llamaba usted?

- Siéntese, profesor, y conversemos mientras tomamos el té.

- Pues, como le iba diciendo, tomando en cuenta la etimología de la palabra y la grafología de las letras, puedo concluir que las explicaciones que se vienen dando…

- Pero, siéntese… Póngase cómodo…

Ya instalado en la casa del sabio, aquel profesor arrogante empezó a hablar de un tema y de otro. Citaba frases de famosos personajes, se refería a los innumerables libros leídos y a las muchas conferencias dictadas en tantos países…

- Aunque David Hume dijo que no se podía demostrar, se supone que en la naturaleza los efectos proceden de causas anteriores. Pero en el mundo psicológico a menudo sucede lo contrario: las causas son posteriores a los efectos.

- Profesor, ¿le sirvo una taza de té?... Profesor…

- Ah, sí, claro…

El sabio aprovechó una pausa en aquel monólogo del profesor para brindarle una taza de té.

- ... Y esto lo confirma Platón, así que podemos estar seguros de que si miramos atentamente encontraremos una causa para cualquier efecto presente, y también para su contrario. De esta manera…

Mientras el profesor hablaba, el sabio se dedicó a llenarle su taza. Comenzó echando el té poco a poco… Primero hasta la mitad y luego hasta el borde de la taza… Pero al llegar ahí no se detuvo, sino que siguió echando té y más té, con toda la naturalidad del mundo, hasta que el líquido desbordó también el plato y comenzó a manchar el mantel.

- El caso más extremo de divorcio entre teoría y práctica es tal vez el de Schopenhauer, quién decía que nadie tiene por qué aplicarse sus propias ideas. Se podría decir en su defensa que la reflexión teórica puede llegar a conclusiones que después no es tan fácil llevar a la práctica…

El sabio seguía derramando el té, sonriendo y escuchando al profesor, como si no pasara nada.

- … Esto supuesto, en el terreno ideal de los conceptos… Pero… oiga… ¿qué es esto?... ¡Pare, pare, la taza ya está llena!... ¡Ya no cabe más!... ¡Todo se ha derramado!...

- Lo mismo te pasa a ti.

- ¿Cómo dice?

- Tú también estás lleno de tu erudición, de tus citas, de tus libros, de tus ideas acerca de todo… No te cabe más… ¿Cómo vas a poder escucharme o aprender algo de mí si antes no vacías tu taza?

- Bueno, yo… es decir, yo… es que yo…

- Vacía tu taza —tu yo— primero.

Cuento popular japones



"Protégeme, Señor, de la sabiduría que no llora. De la filosofía que no ríe. Y de la grandeza que no se inclina ante los pequeños".

Khalil Gibrán

Relato extraido de www.radialistas.net/index.php

martes, 2 de junio de 2009

El mejor guerrero del mundo

Caucasum era un joven valiente, experto espadachín, que soñaba con convertirse en el mejor guerrero del mundo. En todo el ejército no había quien le venciera en combate, y soñaba con convertirse en el gran general, sucediendo al anciano cobardón que ocupaba el puesto. El rey le apreciaba mucho, pero el día que le contó su sueño de llegar a ser general, le miró con cierto asombro y le dijo:

- Tu deseo es sincero, pero no podrá ser. Aún tienes mucho que aprender.

Aquello fue lo peor que le podía pasar a Caucasum, que se enfureció tanto que abandonó el palacio, decidido a aprender todas las técnicas de lucha existentes. Pasó por todo tipo de gimnasios y escuelas, mejorando su técnica y su fuerza, pero sin aprender nuevos secretos, hasta que un día fue a parar a una escuela muy especial, una gris fortaleza en lo alto una gran montaña. Según le habían contado, era la mejor escuela de guerreros del mundo, y sólo admitían unos pocos alumnos. Por el camino se enteró de que el viejo general había estudiado allí y marchó decidido a ser aceptado y aprender los grandes secretos de la guerra.

Antes de entrar en la fortaleza le obligaron a abandonar todas sus armas. "No las necesitarás más. Aquí recibirás otras mejores". Caucasum, ilusionado, se desprendió de sus armas, que fueron arrojadas inmediatamente a un foso por un hombrecillo gris. Uno de los instructores, un anciano serio y poco hablador, acompañó al guerrero a su habitación, y se despidió diciendo "en 100 días comenzará el entrenamiento".

¡100 días! Al principio pensó que era una broma, pero pudo comprobar que no era así. Los primeros días estaba histérico y nervioso, e hizo toda clase de tonterías para conseguir adelantar el entrenamiento. Pero no lo consiguió, y terminó esperando pacientemente, disfrutando de cada uno de los días.

El día 101 tuvieron la primera sesión. "Ya has aprendido a manejar tu primera arma: LA PACIENCIA", comenzó el viejo maestro. Caucasum no se lo podía creer, y soltó una breve risa. Pero el anciano le hizo recordar todas las estupideces que había llegado a hacer mientras estaba poseido por la impaciencia, y tuvo que darle la razón. "Ahora toca aprender a triunfar cada batalla". Aquello le sonó muy bien a Caucasum, hasta que se encontró atado a una silla de pies y manos, subido en un pequeño pedestal, con decenas de aldeanos trepando para tratar de darle una paliza. Tenía poco tiempo para actuar, pero las cuerdas estaban bien atadas y no pudo zafarse. Cuando le alcanzaron, le apalearon.

El mismo ejercicio se repitió durante días, y Caucasum se convenció de que debía intentar cosas nuevas. Siguió fallando muchas veces, hasta que cayó en la cuenta de que la única forma de frenar el ataque era acabar con la ira de los aldeanos. Los días siguientes no dejó de hablarles, hasta que consiguió convencerles de que no era ninguna amenaza, sino un amigo. Finalmente, fue tan persuasivo, que ellos mismos le libraron de sus ataduras, y trabaron tal amistad que se ofrecieron para vengar sus palizas contra el maestro. Era el día 202.

-"Ya controlas el arma más poderosa, LA PALABRA, pues lo que no pudieron conseguir ni tu fuerza ni tu espada, lo consiguió tu lengua".

Caucasum estuvo de acuerdo, y se preparó para seguir su entrenamiento."Esta es la parte más importante de todas. Aquí te enfrentarás a los demás alumnos". El maestro le acompaño a una sala donde esperaban otros 7 guerreros. Todos parecían fuertes, valientes y fieros, como el propio Caucasum, pero en todos ellos se distinguía también la sabiduría de las dos primeras lecciones."Aquí lucharéis todos contra todos, triunfará quien pueda terminar en pie".

Y así, cada mañana se enfrentaban los 7 guerreros. Todos desarmados, todos sabios, llamaban al grupo de fieles aldeanos que conquistaron en sus segundas pruebas, y trataban de influir sobre el resto, principalmente con la palabra y haciendo un gran uso de la paciencia. Todos urdían engaños para atacar a los demás cuando menos lo esperasen, y sin llegar ellos mismos a lanzar un golpe, dirigían una feroz batalla...

Pero los días pasaban, y Caucasum se daba cuenta de que sus fuerzas se debilitaban, y sus aldeanos también. Entonces cambió de estrategia. Con su habilidad de palabra, renunció a la lucha, y se propuso utilizar sus aldeanos y sus fuerzas en ayudar a los demás a reponerse. Los demás agradecieron perder un enemigo que además se brindaba a ayudarles, y recrudecieron sus combates. Mientras, cada vez más aldeanos se unían al grupo de Caucasum, hasta que finalmente, uno de los 7, llamado Tronor, consiguió triunfar sobre el resto. Tan sólo habían resistido unos pocos aldeanos junto a él. Cuando terminó y se disponía a salir triunfante, el maestro se lo impidió diciendo: "no, sólo uno puede quedar en pie".Tronor se dirigió con gesto amenazante hacia Caucasum, pero éste, adelantándose, dijo:

- ¿De veras quieres luchar?. ¿No ves que somos 50 veces más numerosos? Estos hombres lo entregarán todo por mí, les he permitido vivir libres y en paz, no tienes ninguna opción.

Cuando dijo esto, los pocos que quedaban junto a Tronor se pusieron del lado de Caucasum. ¡Había vencido!

El maestro entró entonces con una sonrisa de oreja a oreja: "de todas las grandes armas, LA PAZ es la que más me gusta. Todos se ponen de su lado tarde o temprano". El joven guerrero sonrió. Verdaderamente, en aquella escuela había conocido armas mucho más poderosas que todas las anteriores.

Días después se despidió dando las gracias a su maestro, y volvió a palacio, dispuesto a disculparse ante el rey por su osadía. Cuando este le vio acercarse tranquilamente, sin escudos ni armas, sonriendo sabia y confiadamente, le saludó:

- ¿Qué hay de nuevo, General?

Este y otros cuentos para pensar los podéis encontrar en : http://cuentosparadormir.com